El 6 de abril de 2008: Y entonces, mientras el atardecer...
Y entonces, mientras el atardecer de Bogotá lame las aristas de los edificios que quedan teñidos de amarillo, rosado, púrpura o cualquiera de los colores crepusculares, uno mismo se pregunta de nuevo por el amor. Por su significado, su experiencia, su vitalidad. El amor ese capaz de provocar la maravillosa y confortable sensación de levedad – gracias, Kundera, aún me atraviesas – y la aplastante e incómoda sensación de densidad – este es el caso - . Entonces se conversa sin querer con uno mismo:
- Lo extraño, es inevitable – dice uno mismo.
- Ya pasará. Hemos estado antes en estas. Tu, triste, desbaratando ilusiones tejidas de tiempo y caricias y yo acompañándote, acariciando tu cabello, abrazándote fuerte – dice el eremita – ya hemos pasado por otras y has podido, siempre puedes.
- Esta vez es diferente. Me siento diferente. Con otra mirada. La misma Danae me lo dijo, refiriéndose al emperador de Fianot, y yo recordé otros ejemplos.
- Si, si, tu siempre con tus ejemplos – el eremita soltó la cabeza de uno mismo y se sonrió – siempre tienes ejemplos para todo. No importa, uno mismo, no importa, estás solo de nuevo y como nunca.
- Eso es cierto, como nunca. Estoy triste y tranquilo, hay una paradoja que se agita en mí. Es como dices, saber que se pasará, que además se tiene la certeza de haber sido la mejor decisión. Lo viste como yo, ¿verdad? – uno mismo tomó la mano del eremita y la puso de nuevo entre su cabello.
- Si, lo vi como tu. Lo vi bailando con el venezolano. Se veía contento. Fue la mejor decisión estoy de acuerdo contigo y sabes que es así no sólo por el amor, sino por otras cosas que tu y yo estamos resolviendo. Ya sabes, mañana de nuevo la oficina te espera y estamos por negociar con ese lugar. Hemos de encontrar la forma, sino seguiremos discutiendo en las noches.
- Si, lo sé. Sé que lo único que me ocupa en este momento no es el amor, pero la tristeza, esta nostalgia de pedacitos se introduce en la cotidianidad y se toma sus momentos. Inevitable.
- Como cuando yo te arrobo y nos llevo, tal como lo hice ayer, a leer con un café. La nostalgia, el dolor, la tristeza, la felicidad, el amor, la vida, uno mismo, la vida es así.
- Si, así es. No hago más que constatarlo…
Y en un profundo abrazo, cierran los ojos, tratando de descifrar el mañana. Juego inútil que ambos conocen de hace muchos años.
Re-inventar-se trae sus propios re-corridos. Palabreando y silabeando, el eremita se dibuja en trazos de letras. (¿o se des-dibuja?)
30 de octubre de 2009
De mudanza
A partir de hoy empezaré a mudar viejos escritos de mi antiguo blog a éste. Creo que no los debo dejar atrás, como la historia no se pierde. Por ello los iré retomando y, tal vez, reescribiendo.
El 28 de Marzo del 2008:El eremita por otro lado...
Hace casi un año, el 11 de mayo escribí estas palabras en mi espacio de hotmail donde inicié un recorrido de palabras, imágenes, reseñas y opiniones... ahora, que me abro a un espacio quizá más extenso quiero retomar las palabras, que a pesar de los cambios, crecimientos y movimientos, no han perdido actualidad:
Un nacimiento...
Hoy es en apariencia un día como cualquiera. El eremita se agita en mi interior y me obliga a darle vida a un espacio en el que pueda manifestarse. No sólo él, sino todos los que soy. Soy uno, varios, algunos, entre otros... Soy.
Aunque no sea tinta, aunque no es papel, se abre este diario - quién sabrá qué tan íntimo -, los días transcurrirán con o sin noticias de mí, con o sin sorpresas... iré viendo a donde me conduce esto que aún no sé muy bien qué es.
Eremita
El 28 de Marzo del 2008:El eremita por otro lado...
Hace casi un año, el 11 de mayo escribí estas palabras en mi espacio de hotmail donde inicié un recorrido de palabras, imágenes, reseñas y opiniones... ahora, que me abro a un espacio quizá más extenso quiero retomar las palabras, que a pesar de los cambios, crecimientos y movimientos, no han perdido actualidad:
Un nacimiento...
Hoy es en apariencia un día como cualquiera. El eremita se agita en mi interior y me obliga a darle vida a un espacio en el que pueda manifestarse. No sólo él, sino todos los que soy. Soy uno, varios, algunos, entre otros... Soy.
Aunque no sea tinta, aunque no es papel, se abre este diario - quién sabrá qué tan íntimo -, los días transcurrirán con o sin noticias de mí, con o sin sorpresas... iré viendo a donde me conduce esto que aún no sé muy bien qué es.
Eremita
18 de octubre de 2009
Un atardecer
Ayer, durante el taller de escritura me enfrentè con una tarea: Seleccionar un dìa importante y escribir sobre èl.
El primero que vino a mi memoria fue el dìa que recibì la primera llamada aterradora que me llevò a tomar la decisiòn de salir de mi natal Cali. Sin embargo, algo en mi interior se negò. Insistì, querìa escribir al respecto. NO-NO-NO, replicò. Me ajustè un poco decepcionado.
Empecè a escribir sobre la dificultad de encontrar un dìa importante y entonces vino a mi mente el dìa que me despedì de mi madre en el aeropuerto de estados unidos. Yo habìa viajado con ella y mi hermanita, al encuentro de mi padrastro y mi abuela, quienes se encontraban viviendo en Miami. De regreso, solo volvìa yo. Retornaba para continuar mis estudios en psicologìa y mi madre se quedaba en estados unidos para casarse con mi padrastro y para que mi hermanita fuera reconocida como residente del paìs.
Cuando fuimos al aeropuerto para abordar el vuelo que me traìa de vuelta a Cali, mi madre consiguiò que la dejaran seguir hasta la sala de espera. Nos quedamos los dos a solas. Lo que escribì ayer hacìa referencia a lo que pensaba en ese momento y lo que sucedìa en lo tangible, en lo visible. Eran zonas paralelas que no se fundìan màs que en mi cabeza.
Despuès de la intervenciòn de algunos compañeros del taller leyendo sus experiencias, tomè la decisiòn de no trascribir completamente mi texto. Era como si hubiera delineado todo el contexto, la situaciòn, para culminar con un pàrrafo, en el que ahora siento se expresa plenamente lo sucedido en ese dìa. Parece que la economìa de la palabra aplica en estos casos, quizà muchas de las letras sobran y las pocas imàgenes trazadas son suficientes para decir y dejar lugar al silencio.
"Erase una vez un joven universitario que contemplaba un atardecer como un adiòs, a travès de la venta de un aviòn que cruzaba el atlàntico hacia el sur. Veìa en el horizonte el sol que se zambullìa entre las aguas y el cielo tornàndose purpùreo, àmbar y celeste. Metàfora armoniosa, esplèndida, bella, de la separaciòn. El sol cortaba las cadenas al dìa y, sin ser su directa intenciòn, le abrìa el camino a la noche. En lo oscuro tambièn habita la luz"
El primero que vino a mi memoria fue el dìa que recibì la primera llamada aterradora que me llevò a tomar la decisiòn de salir de mi natal Cali. Sin embargo, algo en mi interior se negò. Insistì, querìa escribir al respecto. NO-NO-NO, replicò. Me ajustè un poco decepcionado.
Empecè a escribir sobre la dificultad de encontrar un dìa importante y entonces vino a mi mente el dìa que me despedì de mi madre en el aeropuerto de estados unidos. Yo habìa viajado con ella y mi hermanita, al encuentro de mi padrastro y mi abuela, quienes se encontraban viviendo en Miami. De regreso, solo volvìa yo. Retornaba para continuar mis estudios en psicologìa y mi madre se quedaba en estados unidos para casarse con mi padrastro y para que mi hermanita fuera reconocida como residente del paìs.
Cuando fuimos al aeropuerto para abordar el vuelo que me traìa de vuelta a Cali, mi madre consiguiò que la dejaran seguir hasta la sala de espera. Nos quedamos los dos a solas. Lo que escribì ayer hacìa referencia a lo que pensaba en ese momento y lo que sucedìa en lo tangible, en lo visible. Eran zonas paralelas que no se fundìan màs que en mi cabeza.
Despuès de la intervenciòn de algunos compañeros del taller leyendo sus experiencias, tomè la decisiòn de no trascribir completamente mi texto. Era como si hubiera delineado todo el contexto, la situaciòn, para culminar con un pàrrafo, en el que ahora siento se expresa plenamente lo sucedido en ese dìa. Parece que la economìa de la palabra aplica en estos casos, quizà muchas de las letras sobran y las pocas imàgenes trazadas son suficientes para decir y dejar lugar al silencio.
"Erase una vez un joven universitario que contemplaba un atardecer como un adiòs, a travès de la venta de un aviòn que cruzaba el atlàntico hacia el sur. Veìa en el horizonte el sol que se zambullìa entre las aguas y el cielo tornàndose purpùreo, àmbar y celeste. Metàfora armoniosa, esplèndida, bella, de la separaciòn. El sol cortaba las cadenas al dìa y, sin ser su directa intenciòn, le abrìa el camino a la noche. En lo oscuro tambièn habita la luz"
16 de octubre de 2009
Enlazados
Siento tu cuerpo contra el mío.
Mi piel, tatuada de huellas del tiempo,
sofocada por el calor de las caricias de fuego antiguas,
se nutre de la tuya, se renueva.
Tu ombligo enredado en mi rodilla y mis labios cubriendo uno de tus dedos.
Mi mirada hacia dentro, con los párpados tumbados sobre los ojos,
turistas del caribe que relajados, descansan.
Te siento pegado a mi.
Tus manos buscando mis lujurias dormidas en el cuello,
detrás de mi oreja, colgando en la espalda, reposando entre mis piernas.
Las despiertas, las sacudes, las alteras y despues,
solo te entregas a su labor.
Mis lujurias, tomando el control sin remedio, te devoran, te lamen,
te chupan, te muerden, te escupen de nuevo sobre la cama.
Así, mojado de la salvia de mi deseo, cansado y sudoroso,
te beso en los labios, sonrio y te digo que te quiero.
Tu parpadeas.
Mi piel, tatuada de huellas del tiempo,
sofocada por el calor de las caricias de fuego antiguas,
se nutre de la tuya, se renueva.
Tu ombligo enredado en mi rodilla y mis labios cubriendo uno de tus dedos.
Mi mirada hacia dentro, con los párpados tumbados sobre los ojos,
turistas del caribe que relajados, descansan.
Te siento pegado a mi.
Tus manos buscando mis lujurias dormidas en el cuello,
detrás de mi oreja, colgando en la espalda, reposando entre mis piernas.
Las despiertas, las sacudes, las alteras y despues,
solo te entregas a su labor.
Mis lujurias, tomando el control sin remedio, te devoran, te lamen,
te chupan, te muerden, te escupen de nuevo sobre la cama.
Así, mojado de la salvia de mi deseo, cansado y sudoroso,
te beso en los labios, sonrio y te digo que te quiero.
Tu parpadeas.
14 de octubre de 2009
Onces de domingo
Se trata de encontrar algo sobre lo cual escribir para permanecer en el ejercicio, en el intento de sudar la pluma. Termino sudando las neuronas, piense y piense sobre qué escribir. Qué merece ser escrito en este momento de mi vida. Y piense y piense. Me acuerdo de la clase de teatro...
- Profe, es que yo pensé que podría hacer...
- No piense, haga - mirada de desconcierto - actúe.
No piense, escriba. Pero sobre qué, sobre qué escribir.
El domingo pasado me puse a pensar (beeeeppp, sonido de error de concurso) en una invitación que cordialmente me realizaron. Hace más de un mes, en este mismo blog está la huella, falleció una persona que conocía. Un hombre muy vital, lleno de energía, extremadamente racional y sin deseos de establecer relaciones convencionales de amor - bueno, al menos eso decía -. A través de D., los padres del finado invitaron a sus amigos más cercanos a tomar onces. Una forma de reunirse, de recordar al ausente y una manera para la madre de conocer a quienes rodeaban a su hijo.
He de admitir que me sentí profundamente ajeno, extraño, ante la misma invitación. Le dije a D., "si la señora me pregunta algo sobre su hijo, no sabría qué decirle". Era cercano al hombre de la sonrisa ancha, como quien conoce a alguien y lo estima a lo largo de los encuentros sostenidos gracias a D., de modo que no tenía... cómo decirlo... una amistad autónoma con él, una amistad que tuviera su propia vida. Era una amistad dependiente de las circunstancias. O bueno, así lo siento aún ahora que ya no está. Le dije a D. que agradecía la invitación pero que pasaba por esta vez.
Si lo pienso bien (beeeeppppp) lo que más me hizo retroceder fue mi "capotismo". En el fondo, sentí un deseo morboso de asistir para tratar de comprender de qué forma un encuentro como éste podía ayudar a una madre a elaborar un duelo por su hijo ausente. De qué manera las miradas nuestras sobre su hijo le permitierían reinventarlo, relevantarlo, redibujarlo, reconstruirlo, reestructurarlo, reecontrarse con él... o qué esperaba de nosotros, de ese momento - hasta me sentí un tanto usado -. De manera casi inmediata, y en voz interna, le llamé al encuentro: "Las onces fúnebres". Lo que me habría llevado a la sala de esa casa hubiera sido la curiosidad literaria y por esta vez me sentí bastante incómodo de dejarme arrastrar.
Mi curiosidad literaria no es perversa, ni oscura, eso creo. Pero me ha llevado a experimentar circunstancias muy gratas y algunas que en sí mismas no son placenteras, pero a posteriori me dan la satisfacción de la experiencia, de haberlo vivido en mi propia carne (en mi propia piel). Por esta ocasión, al fondo del pasillo interior, allá donde termina el túnel que separa la intencionalidad de la acción, vi un rostro extraño que sobaba una mano contra la otra y sonreía, mientras susurraba "hmmm, unas onces fúnebres". Le cerré la puerta en la cara.
Lo sé, no se trata de eso, de encerrarlo, para eso abrí estas puertas y ventanas punto blogspot, para fomentar su libertad, pero en esta ocasión, el hombre de la sonrisa amplia merecía el respeto de mi lado más solenme...
P.D: El día de hoy, uno de los asistentes decidió añadir en su facebook las fotografías de las mentadas onces. El hombre de la sonrisa ancha solía decorar su casa de manera prodigiosa y exhuberante en las diferentes fechas especiales del año. Teniendo en cuenta la actual temporada de disfraces, él hubiera puesto en puertas, paredes y ventanas muchas clases de fantasmas, brujas, telarañas con sus respectivos arácnidos, calabazas y otros insignes compañeros de momento. Al parecer, en esta ocasión lo hizo la madre en su honor y los asistentes aparecían rodeados de tan siniestra decoración. Si antes, había nombrado secretamente la situación como onces fúnebres, ahora quedaba genuinamente bautizada.
Hubiera sido poco confortable para mi tranquilidad, estar rodeado de personas con un profundo dolor por su muerte y de fantasmas y brujas que en su sonrisa torcida, guardaran la mueca de la sorna ante el cinismo de la situación.
- Profe, es que yo pensé que podría hacer...
- No piense, haga - mirada de desconcierto - actúe.
No piense, escriba. Pero sobre qué, sobre qué escribir.
El domingo pasado me puse a pensar (beeeeppp, sonido de error de concurso) en una invitación que cordialmente me realizaron. Hace más de un mes, en este mismo blog está la huella, falleció una persona que conocía. Un hombre muy vital, lleno de energía, extremadamente racional y sin deseos de establecer relaciones convencionales de amor - bueno, al menos eso decía -. A través de D., los padres del finado invitaron a sus amigos más cercanos a tomar onces. Una forma de reunirse, de recordar al ausente y una manera para la madre de conocer a quienes rodeaban a su hijo.
He de admitir que me sentí profundamente ajeno, extraño, ante la misma invitación. Le dije a D., "si la señora me pregunta algo sobre su hijo, no sabría qué decirle". Era cercano al hombre de la sonrisa ancha, como quien conoce a alguien y lo estima a lo largo de los encuentros sostenidos gracias a D., de modo que no tenía... cómo decirlo... una amistad autónoma con él, una amistad que tuviera su propia vida. Era una amistad dependiente de las circunstancias. O bueno, así lo siento aún ahora que ya no está. Le dije a D. que agradecía la invitación pero que pasaba por esta vez.
Si lo pienso bien (beeeeppppp) lo que más me hizo retroceder fue mi "capotismo". En el fondo, sentí un deseo morboso de asistir para tratar de comprender de qué forma un encuentro como éste podía ayudar a una madre a elaborar un duelo por su hijo ausente. De qué manera las miradas nuestras sobre su hijo le permitierían reinventarlo, relevantarlo, redibujarlo, reconstruirlo, reestructurarlo, reecontrarse con él... o qué esperaba de nosotros, de ese momento - hasta me sentí un tanto usado -. De manera casi inmediata, y en voz interna, le llamé al encuentro: "Las onces fúnebres". Lo que me habría llevado a la sala de esa casa hubiera sido la curiosidad literaria y por esta vez me sentí bastante incómodo de dejarme arrastrar.
Mi curiosidad literaria no es perversa, ni oscura, eso creo. Pero me ha llevado a experimentar circunstancias muy gratas y algunas que en sí mismas no son placenteras, pero a posteriori me dan la satisfacción de la experiencia, de haberlo vivido en mi propia carne (en mi propia piel). Por esta ocasión, al fondo del pasillo interior, allá donde termina el túnel que separa la intencionalidad de la acción, vi un rostro extraño que sobaba una mano contra la otra y sonreía, mientras susurraba "hmmm, unas onces fúnebres". Le cerré la puerta en la cara.
Lo sé, no se trata de eso, de encerrarlo, para eso abrí estas puertas y ventanas punto blogspot, para fomentar su libertad, pero en esta ocasión, el hombre de la sonrisa amplia merecía el respeto de mi lado más solenme...
P.D: El día de hoy, uno de los asistentes decidió añadir en su facebook las fotografías de las mentadas onces. El hombre de la sonrisa ancha solía decorar su casa de manera prodigiosa y exhuberante en las diferentes fechas especiales del año. Teniendo en cuenta la actual temporada de disfraces, él hubiera puesto en puertas, paredes y ventanas muchas clases de fantasmas, brujas, telarañas con sus respectivos arácnidos, calabazas y otros insignes compañeros de momento. Al parecer, en esta ocasión lo hizo la madre en su honor y los asistentes aparecían rodeados de tan siniestra decoración. Si antes, había nombrado secretamente la situación como onces fúnebres, ahora quedaba genuinamente bautizada.
Hubiera sido poco confortable para mi tranquilidad, estar rodeado de personas con un profundo dolor por su muerte y de fantasmas y brujas que en su sonrisa torcida, guardaran la mueca de la sorna ante el cinismo de la situación.
11 de octubre de 2009
Un recuerdo de grado
Cuando me gradué de la universidad, mis más queridos amigos del momento organizaon una celebración que aún recuerdo con mucho cariño. Mi apartamento fue invadido con sillas rimax blancas, girasoles de todos los tamaños, afecto caluroso de invitados especiales y un trío musical, que al final de la noche me enredó en sus sonidos.
Hubo un evento que tuvo particular efecto sobre mi ánimo y, por qué no decirlo, sobre la percepción que tenía sobre mí. Una de mis mejores amigas decidió, con alevosía e intencionalidad, hacerme un regalo inigualable. Con la complicidad de mis otros amigos, realizó un video titulado "Mi encuentro con el eremita". Uno a uno entrevistó a quienes me rodeaban y les preguntó cómo me habían conocido, que circunstancias rodearon nuestro primer encuentro, mientras los tomaba en video.
Fue emocionante sentirme reconstruido desde el relato de esos otros. Algunos consideraban primer encuentro el que para mí fue el tercero o el quinto; algunos recordaban encuentros anteriores al que yo creía que era el primero; y unos más recordaban lo que en mi había devenido en olvido.
Los momentos que narraron no tenían continuidad temporal, eran "flashes", extractos de nuestras vidas que ponían entre paréntesis para responder a la cámara, lados del poliedro que soy, como diria Paula Perez Alonso, ese poliedro que gira y muestra una y otra faz. Ello se iba asemejando a fotos de mi vida. Cada uno conocía al eremita o a mi, Andrés, en un momento diferente, pero se referían, quizá, al mismo... también estaba entre sus palabras Balthazar, por ejemplo, sin que ellos lo supieran.
El momento cumbre llegó minutos después en el mismo video. Con plena estrategia, mi amiga se puso de acuerdo con quienes compartía mi apartamento para sacar a hurtadillas, de mi habitación, el registro fotográfico de mis primeros 24 años de vida. Mis fotos, que no son pocas por mi apasionamiento en la captura de los momentos en imágenes, estuvieron fuera de mi apartamento durante una semana sin que lo percibiera.
Armando pequeños grupos con ellas, por edades y momentos, mi amiga me conoce suficiente para identificarlo, hizo collages con frases alusivas y los filmó como cuadros que resumieran mi vida y se fueran deconstruyendo ante mis ojos, no recuerdo si desde bebé hasta ese momento o a la inversa. En el video se sucedían unas imágenes tras otras hiladas por la música de Amelie, película sensible con la que me identifico fácilmente - ella también lo sabía, ggrrrr -.
La emoción no se hizo esperar y la sensación irrepetible, has este momento, de unidad, de ser continuo, de sentir que mi cuerpo era el mismo a lo largo de esas dimensiones del espacio y el tiempo, ese momento en que sentía que todos esos que había sido eran uno, el mismo, yo, se abocó en lágrimas incontrolables que decían todo aquello que callé. Chillé, berrié, lloré de manera desgarrada y en una mezcla, aún oscura, de sentimientos incomprensibles.
Ante el fin del video, me llevaron a mi habitación, no recuerdo quienes. Con la almohada en el rostro, tumbado en mi cama, me descaré, hasta que al fondo empezaron los compases del trío musical que llegaba como otro regalo sorpresa. Alguien, no recuerdo quien, me alcanzó papel para secarme los ojos y sonarme los cables cruzados.
Mientras caminaba por el corredor, hacia la sala, apoyado en ese alguien (¿o eran dos?), que aún no tiene rostro, empezó el cantante a versar "de qué callada manera, se me adentra usted sonriendo" y me dije, con la antepenúltima lágrima que rodaba por la mejilla, de qué callada manera, de cuál...
8 de octubre de 2009
Otro o el mismo
El eremita me increpa:
- Mirate al espejo, mirate atentamente. ¿Ves algo distinto?
Me observo detenidamente. Las honduras de mi rostro hablan de un par de años que aún no se integran plenamente a los anteriores. Disimulo:
- NO, soy el mismo.
- Mentiroso, sos mentiroso y lo sabés. No te lo podés negar... bueno, podés pero no lo creés.
- De verdad, eremita. Soy el mismo. Me encanta el cine, la literatura, la psicología clínica, el viento, reirme...
- Callate. No seas falso. Vos sabés de que te hablo. No sos el mismo. Hay cosas en las que ya no sabés si crees o no.
- Callate vos, qué sabes de mi. Estás ahí, siempre atento de mis movimientos, para mostrarme cosas que nadie te ha pedido que señalés...
- Como que nadie. Vos. Vos te hacés el ciego y a mi me toca decirte que ves muy bien. Te hacés el sordo y me toca recordarte que escuchaste cada palabra. Te hacés el que no comprende y me toca exigirte que no negués lo que sabés.
Cierro los ojos. Sé que tiene razón. Los abro y lo miro a los ojos, mis ojos:
- No sé de qué hablas.
Me giro y prendo el televisor. Algún programa lo alejará algunos minutos de mi.
- Mirate al espejo, mirate atentamente. ¿Ves algo distinto?
Me observo detenidamente. Las honduras de mi rostro hablan de un par de años que aún no se integran plenamente a los anteriores. Disimulo:
- NO, soy el mismo.
- Mentiroso, sos mentiroso y lo sabés. No te lo podés negar... bueno, podés pero no lo creés.
- De verdad, eremita. Soy el mismo. Me encanta el cine, la literatura, la psicología clínica, el viento, reirme...
- Callate. No seas falso. Vos sabés de que te hablo. No sos el mismo. Hay cosas en las que ya no sabés si crees o no.
- Callate vos, qué sabes de mi. Estás ahí, siempre atento de mis movimientos, para mostrarme cosas que nadie te ha pedido que señalés...
- Como que nadie. Vos. Vos te hacés el ciego y a mi me toca decirte que ves muy bien. Te hacés el sordo y me toca recordarte que escuchaste cada palabra. Te hacés el que no comprende y me toca exigirte que no negués lo que sabés.
Cierro los ojos. Sé que tiene razón. Los abro y lo miro a los ojos, mis ojos:
- No sé de qué hablas.
Me giro y prendo el televisor. Algún programa lo alejará algunos minutos de mi.
6 de octubre de 2009
Abrí una puerta... ahora a entrar.
El sábado pasado asistí a mi primera jornada del taller de escritura en el que fui admitido. El taller tiene un nombre sugestivo: Entre la piel y el papel, de la imposibilidad de olvidar a la oportunidad de crear. Me preinscribí por internet y de las casi 500 personas que enviaron su párrafo diciendo por qué querían estar ahí, seleccionaron tan sólo a 30; soy uno de los elegidos.
Fue encantador, quienes están a cargo del taller son dos estudiantes de una maestría en psicoanálisis de la universidad nacional y le han puesto ese tinte de análisis necesario para terminar dándole vida a un espacio que aborda el duelo, el cuerpo, la escritura, la lectura, la subjetividad, en últimas... casi que se podría decir que el síntoma.
Por supuesto, ese día, el primero, fue el momento de presentarnos cada uno, de decir quienes somos en tan sólo algunas palabras. Empezó una de las facilitadoras (que resulta que es una compañera de la universidad de Lucía) y me reconoció desde el principio, en cuanto me vió. Fue fabuloso escuchar su apertura, su instalación del espacio, escuchar que estaba orientado por una búsqueda tan personal pero que generaba lazo con cada uno de los presentes: la escritura como habitante de nuestro cuerpo que expresa el más profundo silencio y desconocimiento de nosotros mismos.
El silencio como grito sordo que se transforma en lo escrito.
Cuando se refirió al cuerpo, fue inevitable volver sobre el mío. Sorprendido pensé "Mi búsqueda de encuentro con mi cuerpo. Esa búsqueda que aún no comprendo pero me ha traído por diferentes escenarios, ahora me trae aquí". Empecé a escoger las palabras y los argumentos, en unos instantes tendría que presentar de manera sucinta el motivo que me tenía ahí sentado. Entonces, cobró sentido el tema de la piel en el título del taller y comprendí que el cuerpo me había llevado, de una u otra forma.
Al regresar a mis primeras veces que escribí me topé con un recuerdo y me dije, lo contaré a modo de anécdota. Para justificar un poco mi presencia en el taller.
"Cuando tenía alrededor de 12 años escribí mi primer cuento. En el colegio organizaron un concurso entre los estudiantes y decidí que quería participar. No sólo se concursaba sino que los cuentos iban a estar a disposición de las personas en una especie de feria escolar interna para que los leyeran. Se debía escribir el cuento, hacerlo en formato de libro pero debía tener una silueta diferente a la convención de la hoja de cuaderno o tamaño carta, debía tener otra forma.
Escribí un cuento profundamente adolescente, en el que el personaje principal era un gordito que cansado de los insultos y atropellos de quienes lo rodeaban, se encargaba de formular una venganza. Decide hacerle vudú a un compañero que le hace la vida imposible en el colegio y en el barrio - Nada que ver con mi realidad juvenil -. Le hace mucho daño al malandro, empieza a transformarse él también en un ser malvado, y al final, cuando está a punto de causarle la muerte al compañero, el gordito reacciona y decide detenerse. Sin embargo, en un último duelo entre él y el compañero, éste lo golpea, perdiendo el gordito control sobre su cuerpo y soltando el muñeco del vudú de entre sus manos. El compañero empieza a incendiarse, el muñeco cae en una fogata, y mientras el gordito corre desorientado por lo sucedido, un camión pasa a toda velocidad y lo manda por los aires, cayendo sin vida. El narrador de la historia es un amigo del gordito, quien quizá representaba el lado inocente, que necesitaba conservar, y que observa toda la situación pero queda sin habla el resto de su vida, solo narra esta historia cada que alguien lo escucha.
Claramente el cuento fue la mejor forma que tuve de hacer real una situación que no podía ser más que imaginada. Cuando pensé en qué silueta tendrían las hojas de mi libro, hice la silueta del gordito, si, dibujé sobre las hojas la silueta del gordito y con una máquina de escribir mecánica que tenía escribí palabra tras palabra el cuento en las siluetas del gordito cortadas de hojas de papel bond. Sentía un gran placer en escribir sobre esa silueta y cada tipeo, cada golpe de tecla que dejaba la mancha de una letra sobre el papel, no hacía más que brindarme satisfacción."
Cuando terminé de contar esto a los compañeros, me miré. Sin espejo, ni nada. O bueno, no sé si el espejo era esa mirada de cada uno. Total, es que lo sentí, sentí como la escritura quedaba conectada de manera inmediata con el cuerpo, como había sido escrita Entre la piel y el papel. Me dije "&/#$%&/$&$/&$$#, ¿qué es esto?", miré a los otros participantes, miré a la facilitadora, a Luisa, le sonreí y le dije: "Pero no escuchás, ahi lo tenés, el cuerpo, la escritura, que más querés!".

12 de agosto de 2009
Sobre el teatro se cruza el luto... es un ave migratoria
Entonces, ingreso en la magia. Ayer el maestro Rodrigo nombró la ilusión del teatro. La puso en juego sobre la cruda realidad. Y puso las sonrisas como eminente expresión de la alegría que denota la producción artística. Entonces, ingreso en la magia: Alejandra borrero transformada en otra... corrección, transformada en otro. Un hombre, adicto, que está en los días de recuperación... el velo de la muerte se corrió esta mañana sobre mi mirada. Un hombre extremadamente racionalizador, sexualmente insaciable, absolutamente desenamorado, increiblemente autoflagelado, ha fallecido. Con una sonrisa de esas que dejan sin aliento, no por su belleza, sino por su impacto, porque donde sonreía ponía un toque de brillo, de cinismo, de humor... el hombre que se recupera se debate entre la locura y la realidad. Alucinaciones, síndrome de abstinencia, el cuestionamiento por lo difícil de vivir y lo suave que la droga lo vuelve todo: "cómo conservar la fluidez verbal sin cocaína" "Cómo observar la belleza del mundo sin marihuana" "cómo ser social sin alcohol", dice. Y todo parece caer por su propio peso... y la pregunta insiste: Qué tantos otros podré llegar a ser. Por ahora empiezo a quitarle cáscaras al que hablará solo, al que establecerá el monólogo. Apenas lo estoy conociendo, sé poco sobre sus gustos, sus intereses, su historia. Ya sabré de él. Por ahora me pregunto por el lugar del teatro en mi vida, por ese terreno que va ganando lentamente. De forma segura y paciente... termina la función y los aplausos no se hacen esperar. Un bravo se escucha entre público. Alejandra se inclina y agradece. Yo sonrío y agradezco. Es impresionante. Me ha dejado sin aliento... y el hombre que falleció era adicto al sexo y a la búsqueda de la belleza; el hombre en recuperación adicto a las drogas; el maestro rodrigo y la grandiosa alejandra, adictos al teatro; y yo? cuál (o cuáles) es mi adicción sin remedio?
24 de julio de 2009
Retomando ...
Noche de viernes. Dito reposa a mi lado, entre el cansancio y el placer de la compañía mutua. Han sido tremendos días. Avatares se suceden y el silencio, de manera particular, se cierne entre mis dientes. ¿Qué será que cuando me topo con mi familia el silencio es un aliado, una necesidad, una obligación?
Hoy pensé que quizá el silencio sea una buena forma de hacer un duelo, de dejar partir, de elaborar la despedida, la separación y la respectiva distancia.
Ayer se fueron. Estuvieron varios días. Desde el domingo pasado. Visitamos tantos sitios, tantos lugares antes conocidos por mi ahora también hacen parte del recuerdo de mi familia. Podré invitarlos a evocar cuando hablemos por el teléfono, cuando en una llamada al celular me pillen en medio de una obra de teatro en la gilberto alzate, o en una reunión de primeb, o en mitad de un café en el andino, o asistiendo a recoger al trabajo a Dito... en fin, ahora compartimos imágenes.
A propósito de una imagen, ayer, en la puerta de entrada a la sala de espera. Mi hermana se despide de mi, me abraza, me dice que me quiere mucho y recordando, quizá, que había visto en mi habitación la conmemoración por el cuento que escribí el año pasado me susurra: "Hermano, no dejes de hacer lo del hombre del hombre". Es claro para mi que me invita a no dejar de escribir y me siento comprometido. Como puede tu hermana de doce años decirte eso y dejarte incólume.
¡Imposible!
Hoy pensé que quizá el silencio sea una buena forma de hacer un duelo, de dejar partir, de elaborar la despedida, la separación y la respectiva distancia.
Ayer se fueron. Estuvieron varios días. Desde el domingo pasado. Visitamos tantos sitios, tantos lugares antes conocidos por mi ahora también hacen parte del recuerdo de mi familia. Podré invitarlos a evocar cuando hablemos por el teléfono, cuando en una llamada al celular me pillen en medio de una obra de teatro en la gilberto alzate, o en una reunión de primeb, o en mitad de un café en el andino, o asistiendo a recoger al trabajo a Dito... en fin, ahora compartimos imágenes.
A propósito de una imagen, ayer, en la puerta de entrada a la sala de espera. Mi hermana se despide de mi, me abraza, me dice que me quiere mucho y recordando, quizá, que había visto en mi habitación la conmemoración por el cuento que escribí el año pasado me susurra: "Hermano, no dejes de hacer lo del hombre del hombre". Es claro para mi que me invita a no dejar de escribir y me siento comprometido. Como puede tu hermana de doce años decirte eso y dejarte incólume.
¡Imposible!
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