6 de octubre de 2009

Abrí una puerta... ahora a entrar.

El sábado pasado asistí a mi primera jornada del taller de escritura en el que fui admitido. El taller tiene un nombre sugestivo: Entre la piel y el papel, de la imposibilidad de olvidar a la oportunidad de crear. Me preinscribí por internet y de las casi 500 personas que enviaron su párrafo diciendo por qué querían estar ahí, seleccionaron tan sólo a 30; soy uno de los elegidos.
Fue encantador, quienes están a cargo del taller son dos estudiantes de una maestría en psicoanálisis de la universidad nacional y le han puesto ese tinte de análisis necesario para terminar dándole vida a un espacio que aborda el duelo, el cuerpo, la escritura, la lectura, la subjetividad, en últimas... casi que se podría decir que el síntoma.
Por supuesto, ese día, el primero, fue el momento de presentarnos cada uno, de decir quienes somos en tan sólo algunas palabras. Empezó una de las facilitadoras (que resulta que es una compañera de la universidad de Lucía) y me reconoció desde el principio, en cuanto me vió. Fue fabuloso escuchar su apertura, su instalación del espacio, escuchar que estaba orientado por una búsqueda tan personal pero que generaba lazo con cada uno de los presentes: la escritura como habitante de nuestro cuerpo que expresa el más profundo silencio y desconocimiento de nosotros mismos.
El silencio como grito sordo que se transforma en lo escrito.
Cuando se refirió al cuerpo, fue inevitable volver sobre el mío. Sorprendido pensé "Mi búsqueda de encuentro con mi cuerpo. Esa búsqueda que aún no comprendo pero me ha traído por diferentes escenarios, ahora me trae aquí". Empecé a escoger las palabras y los argumentos, en unos instantes tendría que presentar de manera sucinta el motivo que me tenía ahí sentado. Entonces, cobró sentido el tema de la piel en el título del taller y comprendí que el cuerpo me había llevado, de una u otra forma.
Al regresar a mis primeras veces que escribí me topé con un recuerdo y me dije, lo contaré a modo de anécdota. Para justificar un poco mi presencia en el taller.

"Cuando tenía alrededor de 12 años escribí mi primer cuento. En el colegio organizaron un concurso entre los estudiantes y decidí que quería participar. No sólo se concursaba sino que los cuentos iban a estar a disposición de las personas en una especie de feria escolar interna para que los leyeran. Se debía escribir el cuento, hacerlo en formato de libro pero debía tener una silueta diferente a la convención de la hoja de cuaderno o tamaño carta, debía tener otra forma.
Escribí un cuento profundamente adolescente, en el que el personaje principal era un gordito que cansado de los insultos y atropellos de quienes lo rodeaban, se encargaba de formular una venganza. Decide hacerle vudú a un compañero que le hace la vida imposible en el colegio y en el barrio - Nada que ver con mi realidad juvenil -. Le hace mucho daño al malandro, empieza a transformarse él también en un ser malvado, y al final, cuando está a punto de causarle la muerte al compañero, el gordito reacciona y decide detenerse. Sin embargo, en un último duelo entre él y el compañero, éste lo golpea, perdiendo el gordito control sobre su cuerpo y soltando el muñeco del vudú de entre sus manos. El compañero empieza a incendiarse, el muñeco cae en una fogata, y mientras el gordito corre desorientado por lo sucedido, un camión pasa a toda velocidad y lo manda por los aires, cayendo sin vida. El narrador de la historia es un amigo del gordito, quien quizá representaba el lado inocente, que necesitaba conservar, y que observa toda la situación pero queda sin habla el resto de su vida, solo narra esta historia cada que alguien lo escucha.
Claramente el cuento fue la mejor forma que tuve de hacer real una situación que no podía ser más que imaginada. Cuando pensé en qué silueta tendrían las hojas de mi libro, hice la silueta del gordito, si, dibujé sobre las hojas la silueta del gordito y con una máquina de escribir mecánica que tenía escribí palabra tras palabra el cuento en las siluetas del gordito cortadas de hojas de papel bond. Sentía un gran placer en escribir sobre esa silueta y cada tipeo, cada golpe de tecla que dejaba la mancha de una letra sobre el papel, no hacía más que brindarme satisfacción."
Cuando terminé de contar esto a los compañeros, me miré. Sin espejo, ni nada. O bueno, no sé si el espejo era esa mirada de cada uno. Total, es que lo sentí, sentí como la escritura quedaba conectada de manera inmediata con el cuerpo, como había sido escrita Entre la piel y el papel. Me dije "&/#$%&/$&$/&$$#, ¿qué es esto?", miré a los otros participantes, miré a la facilitadora, a Luisa, le sonreí y le dije: "Pero no escuchás, ahi lo tenés, el cuerpo, la escritura, que más querés!".


1 comentario:

  1. Como no recordar Tres veces tres hasta tres veces. Posees el talento de hacer esto, de escribir y expresar esas emociones con un lápiz y papel (o siendo modernos con un laptop). Continua la actividad que apasiona, y que demuestras con fervor.

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Porque siempre se tendrá algo por decir... no?